v o l v e r

Junio 19, 2006

r i o s

el gavetero de mi abuela es mi única herencia único sobreviviente de la colección de muebles criollos que tuvieron mis abuelos en él mi abuela guardaba sus saris en las tres últimas gavetas estaban meticulosamente doblados por las meticulosas manos de mi abuela

yo jugaba con ellos se salían de las gavetas los soltaba en el apartamento y llenaban de colores las habitaciones se desparramaban los brillos y bordados de la india ese gavetero austero de caoba oscura era como un umbral a otro mundo dónde mi abuela parecía habitar más de allá que de acá se vestía con los saris para ir al templo los domingos mi abuela era única me decía yo nadie tiene una abuela que se viste de india con marca roja en el entrecejo eso sentía cuando la miraba vestirse en el ritual de ponerse la chaquetita de algodón que le llegaba justo arriba del ombligo y luego sobre sus enaguas enrollarse en las telas y después hacer unos pliegues al frente y apretarlo todo en la cintura me decía es para poder caminar hay que dejar más tela al frente para los pasos largos no es como las japonesas apretadas en sus kimonos que caminan con pasitos cortos me decía yo y luego con un pedazo de tela que sobraba se cubría el pecho y la cabeza y una vez lista verla era una aparición hecha cuerpo y se iba al templo a meditar y a estar con personas que como ella tenían otros nombres además de ser maria, pepe, carmen y luis y mi abuela que se llamaba graciela en el templo era gauri que quiere decir madre universal pero yo siempre la llamé bali así la bauticé cuando aprendí a hablar y no podía decir mami que era como todos la llamaban y yo me iba al balcón enorme de aquel apartamento para verla salir por la puerta del edificio y la observaba esperar vestida de sueño la guagua de la ama una estampa insustituible en mi mirada de niña abierta y luego de adolescente silenciosa y hoy de mujer agradecida por esa mujer que fue mi abuela y mientras esperaba en la avenida ponce de león yo veía el viento moverle la tela del sari y era como las hojas del árbol y ella el tronco quieta y pausada como siempre lo fue inclinando la cabeza para saludar al que la miraba entre extrañado y admirado y así todos los domingos se iba a la india sin mi y yo no me movía del balcón hasta verla desaparecer

y esos saris que se hacían río en el apartamento de mis abuelos eran el multicolor que inundaba sus sombras hechas de memorias fosilizadas por el tiempo muerto que habitaba las paredes de aquel lugar sin luz mi abuelo era mi cómplice en el asombro y la fascinación desparramábamos las telas y hacíamos ciudades laberintos de casas en el desierto árabe castillos turbantes velos yo era la princesa y él mi caballero yo era la loca y él mi verdugo yo era la bella y él mi bestia y cuando mi abuela nos veía desbordados en las telas hechas locura nos dejaba cómplice de la complicidad ya que ella no sabía jugar y todo lo permitía aunque significara tener que volver a doblar meticulosamente sus saris y guardarlos geométricamente en las últimas tres gavetas de su gavetero y reconozco hoy su tolerancia ante nuestro despilfarro insensible si tomo en cuenta que sus telas eran la alquimia que la transformaba de mujer a devota su puente a lo sublime su mundo místico en el cual escapaba del insoportable peso del dolor cuando vestía sus saris olvidaba quién era y se hacía levedad en un cuerpo sin peso ni memoria y me imagino que verme jugar con ese su otro cuerpo sagrado la aliviaba aunque ella no supiera como soltarse y bailar con nosotros

hace tres años en medio de uno de sus saris solté sus cenizas en el río grande de loiza justo ahí donde se encuentra el agua dulce con el atlántico la tela del sari que usé de arca para su cuerpo hecho polvo tuvo su última danza en la luz de un atardecer de isla ante mis ojos incrédulos de que se había muerto por fin mi abuela era libre y cargué el peso de su cuerpo en mis manos y la solté en el sari blanco que flotaba y todavía es un acto que en mi cuerpo no ha pasado a ser memoria el agua me llegaba hasta los muslos la tela se abrió líquida y abrí el cuerpo de mi abuela sobre el agua como si fuera un abrazo y vi el baile de sus dos cuerpos hacerse uno y la mecí como se mece al niño y la empujé hacia la corriente con dulzura y la regresé con la tela porque no podía dejarla ir y poco a poco vi su cuerpo deshacerse y hundirse a medida que la tela se movía dejando un estela blanca sobre el río el alma de mi abuela alrededor en todas partes se expandió en los colores del agua luz tardía esa luz de febrero que rompe en ángulo y baña todo de oro y yo en el deseo de irme con ella en su cuerpo líquido de seda y ceniza verla irse libre en su barca mientras yo daba mis pasos hacia la orilla mi retina agarrada a esta imagen que todavía hoy me baña de agua y mis ojos son el río salado que regresa y mientras la corriente se la lleva su espíritu en su cuerpo sari se despide de mi y de la vida haciendo figuras y dibujos en el agua como una espiral acuarela que se diluye y se va y me quedo yo con su ausencia eterna en mi cuerpo y el agua del río que es mi abuela se hace fuente en el fondo de mi pecho que hoy como sus saris multicolores se escapa de mis gavetas y se desparrama bañándolo todo de ella

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Mayo 27, 2006

o m b l i g o

El 16 de noviembre de 1974, se transmitió desde el Observatorio de Arecibo la señal de radio más potente dirigida por la humanidad a las estrellas, con la esperanza de que exista alguna forma de vida extraterrestre en un sistema solar similar al nuestro. El mensaje contenía una serie de informaciones sobre la vida terrestre: un esquema de números, los átomos de los elementos de los que estamos principalmente constituídos (hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno y fósforo), imágenes esquemáticas de la doble hélice del DNA, de un ser humano, del sistema solar y del propio radiotelescopio de Arecibo.
(fuente)

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1.
empezar a escribir me da trabajo. la página en blanco es un vértigo. no hay líneas que seguir. no hay otro mapa que el de mi interior. no escribo, dibujo. si me preguntas qué eres, contestaré con la certeza de un niño: dibujante.

mis palabras se ubican en el espacio desde una experiencia visual. forman el mapa de lo que veo. quiero hacer visible aquello que siento cuando observo a mi alrededor. ver es sentir.

mi imagen es la espiral. desde mi intención las palabras se organizan alrededor de un centro y se ubican hasta decir lo que tengan que decir. son movimiento. ellas saben hacia dónde van. escribo a la deriva. escribir es un viaje.

todo viaje necesita su estrella. una brújula que lo guíe a puerto seguro. un norte hacia el cuál mirar. mi estrella es la mirada externa que sigue mis palabras. nunca escribo para mí. solo para otros.

2.
mi ojo es mi eje. hay un vínculo que va desde el centro de mi pecho hasta la niña de mi ojo. cuando miro al frente veo al mundo y al amigo árbol, el verde, el mar, el ojo hermano y el horizonte. cuando miro hacia abajo veo la tierra, la piedra, la hormiga y el grano de arena. detrás veo mi sombra, mi pasado y los pasos que he dejado. cuando miro hacia el cielo veo el sol que me abraza, la luna que calla, el azul y las constelaciones estrellas. un infinito misterio que nos contiene.

mi ojo es un espejo que se revierte. la jota su eje. el ojo de la espiral es un movimiento espejo que dice lo de adentro es lo de afuera. mis adentros son bosques, laberintos, almohadas, galaxias. mi ojo me conecta con el mundo.

3.
las palabras son constelaciones. forman una línea entre puntos aparentemente inconexos. hacen visible las líneas invisibles que forman mi tejido. cuando describo el mapa de mi mundo, participo en este mundo

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Me parece fascinante que en el 1974 un grupo de científicos se hayan dado a la seria tarea de mandar un mensaje al universo. Lo siento como una voz humana que se sale del ombligo terrestre que mira hacia la inmensidad del universo y grita ¿hay alguien? Es tan absurdo como bello. Este gesto poético a gran escala me conmueve.

El paquete de información que mandaron es como una maletita que contiene lo esencial. El manual dice, somos seres humanos y esto es lo que nos define:

'un esquema de números, los átomos de los elementos de los que estamos principalmente constituídos (hidrógeno, carbono, nitrógeno, oxígeno y fósforo), imágenes esquemáticas de la doble hélice del DNA, de un ser humano, del sistema solar y del propio radiotelescopio de Arecibo.'


Es como lanzar una botella al mar con un mensaje adentro.

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Llevo años siguiéndole la pista a las estrellas. Heredé mi primer libro de astrología antigua de mi abuela paterna. Tenía quince años. Era un monstruo de setecientas páginas, azul. Quedé fascinada por el carácter determinista y categórico de un lenguaje que le da tanto valor a los planetas. Sentí el poder que da la audacia de mirar el destino de frente. Una seducción que me ha empujado por años a la búsqueda. Una espiral infinita que tuvo como punto de partida aquel libro. Al sol de hoy, este inicio sigue abriéndose paso dentro de mi.

Seguí las instrucciones e hice mi carta natal paso a paso. Fui viendo como mi mapa se levantaba ante mis ojos. Era una fotografía del cielo el día y hora exactos de mi nacimiento. Ese círculo de 365 grados con sus doce divisiones y sus planetas cuidadosamente ubicados en sus respectivos grados, más las líneas que conectaban ciertos puntos, fue un ojo gigante que me miraba fijo, inquisidor. Un espejo vasto y desconocido que parecía contenerlo todo de mí.

Cuando leí los significantes de mi signo solar, de mi Luna, de mi Venus y demás planetas hice un pacto inconsciente con algo que me sobrepasaba. Las definiciones lúgubres de mi Saturno natal o de mi cuadratura lunar no parecieron espantarme. A tan tierna edad parecieron ser un reto lanzado a mi espíritu. Una moira que habría de ser mirada de frente y vencida por la fuerza de la conciencia.

Para hacer una carta natal se necesitan tres elementos: fecha, hora y lugar de nacimiento. El punto geográfico dónde nacemos tiene una conexión directa con el cosmos. Es como un cordón umbilical invisible que subraya la importancia de la tierra debajo de los pies y el cielo sobre la cabeza.

Nuestro origen es escencial.

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Me tocó nacer en una isla . Está en el Caribe y se llama Puerto Rico. De este lugar en el mundo se puede decir un infinito . Tengo un dibujo interior enorme conectado con este punto terrestre. Sé que poco a poco mis palabras lograrán tejer lo que me puebla .

El origen es espiral: la aldea el mar la tierra los amigos hermanos abuela la memoria sangre el monte el río la música la locura el sol.

E insisto en mi fascinación: desde este punto geográfico un mensaje fue lanzado al universo para decir somos y existimos.

Cuando el escritor Carlos Fuentes visitó Puerto Rico la bautizó la isla narciso. Es parte de nuestro carácter necesitar ser. Ser vistos. Ser reconocidos. Mirarnos en algún espejo que valide nuestra identidad.

Visualizo el ojo del cosmos buscando de dónde viene este mensaje solitario lanzado a la deriva. Y me complazco en imaginar a mi isla ombligo como la casa de esta mirada: centro de la espiral.

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El Observatorio de Arecibo es un lugar inmenso. Su estética en medio del monte es un imagen surreal y futurista. Es un puente entre la tierra y el cielo. Una oreja gigante a la escucha de una señal. Un ojo mundo que intenta ir más allá. Un borde.

Y no tengo fotos que atestigüen esta frontera.

Y así, este primer viaje se acabá aquí, con la ausencia de una foto de mi mirada y una cita de Machado que dice 'el ojo que tú ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque él te ve'.

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Observatorio es mi mensaje en la botella lanzado al mar.
Mi ojo ombligo al mundo