v o l v e r

Junio 05, 2006

t i c t a c

Me quité el reloj hace más de dos años.

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Sentí que mis caminos tenían la estructura de una regla. Un reloj en la muñeca invita siempre a mirar en qué punto de la escala uno se encuentra. ¿Qué hora es? ¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo tendré para llegar, para un café, un beso, una siesta? El día desfila medido, organizado en tareas, objetivos; minúsculos instantes fragmentados los unos detrás los otros como soldados. Soldados al tiempo. Cada segundo se siente como un peso que separa, cada minuto como una jaula que se estira, cada hora como una ancla que adormece la experiencia y que siempre nos recuerda la presencia de un borde.

Son-las-cuatro-me-voy-me-tengo-que-acostar-temprano-mañana-a-las-seis-tengo-que-estar-de-pie-son-las-once-tengo-que-comer-es la-una-date- prisa-no-tengo-tiempo-

El reloj manda y el cuerpo sigue.

¿podemos acaso hacer el amor con un reloj en la pared mirándonos?

Me quité el reloj como un acto de rebeldía interna. Creo. Y digo creo porque no recuerdo cuándo exactamente mi muñeca se desprendió de mi grillete. Sé que fue un acto carnal. Recuerdo que el peso de mi reloj estaba integrado a mi piel como lo suele estar una buena prenda. El cuero olía a mi. Es más, ahora que lo pienso, había llegado a sentirme desnuda sin mi reloj puesto en su lugar, al lado izquierdo en mi cuerpo, centinela casi tatuado. Estaba tan integrado que la incomodidad traducida en peso que un día mi reloj me causó y que pidió contundente el alivio, me paralizó. Me picaba. Sí, fue mi muñeca asfixiada que exigió el 'quítatelo'.

el cuerpo es la única parte de nuestra totalidad que vive en el tiempo presente

Lo hice por par de horas primero. Lo guardaba en mi bulto y lo consultaba solo cuando lo necesitaba. A veces me lo volvía a poner, leal al rito y al peso que había adquirido el cuero sobre mi piel. Leal también a las agujas en mi retina acostumbrada al goteo de sus movimientos.

Empecé a sentir las horas marcadas como a un viejo amante. Un amor que ya no despierta asombros pero que con el tiempo ha hecho mella por costumbre y permanencia.

Hoy veo la imagen. Yo adherida al reloj con una cadena invisible que a su vez estaba pegada a una bola de hierro que a su vez estaba en un cuadrado y yo, dentro, fiel.

Ese tiempo me pesa y me limita. Fui su presa siempre de prisa. En carrera contra él. El cronómetro es la zanahoria frente a la liebre. Una trampa que nos mantiene moviéndonos hacia algo invisible e inalcanzable. Y la ansiedad entre los segundos se estira.

estás tarde. hace una hora que espero. tengo que entregar este trabajo mañana. estoy atrasada. nunca lo lograré

Cuando me quité el reloj fue como bajarme de un tren que me llevaba a un rumbo genérico (¿o genético?). Un lugar que no escogí, sino por el cuál fui escogida en contra de mi voluntad. Una ambición de llegar a hacer algo. De ser algo.

Cuando me bajé del tren fue como ver una puerta al fondo del escenario.

En plena función, en pleno diálogo, la abrí y me escapé.

****

Si me tengo que levantar a una hora específica me despierto medio minuto antes que el despertador suene. Por más que me esfuerce por llegar tarde a algún lugar, estoy a tiempo o antes. Tengo una precisión innata en mi conciencia: un vigía que cuida mis deberes. Un sin esfuerzo.

Mi ritmo natural es lento. A veces se siente como una parálisis. He tenido que aprender a confiar, a no desesperar ante la aparente inmovilidad. En mi quietud hay un movimiento que nace. Se hace. Si espero y lo respeto sin exigirle otro compás que el suyo, si me doblego a mi misma, si me dejo, me lleva siempre a puerto seguro, a la acción precisa, a la cita adecuada.

Me escucho por dentro sin una regla que me dice, es hora, ahora, decide, escoge, corre, hay prisa, te vas a perder de algo, tienes que vencerle a las horas, dale, camina, muévete. No hay tiempo que perder.

Esta voz todavía me atormenta y descubro en mi lentitud, el miedo.

El tiempo libre se expande. Es agua, se escurre entre las manos. Es líquido. Se estira y se hace eterno o se encoge y como el pícaro, desaparece . El tiempo es como un mar. Un viaje sin rumbo. Un sin regla ni medida que te puede llevar a cualquier lugar.

La libertad es complicada.

Es más fácil seguir la línea. Rellenar el espacio delimitado. Quedarse de este lado del borde. Saber lo que va a ocurrir porque lo tienes bien medido, bien planificado. O porque te resignas a la medida ajena.

Del otro lado de la línea las dudas se hacen enormes. Los pasos son diminutos y cautelosos en un espacio amplio y abismal. Las decisiones se agrandan y perderse es más seguro que hallarse. El tiempo abierto es un laberinto.

me siento como Alicia. cuando crucé me ví en el reloj blando de Dalí y no tuve marcha atrás

*****

Todo viaje necesita su estrella. Una brújula que marque el norte hacia dónde mirar. Sin ella el tiempo es como una espiral despiadada que arrastra como la ola y lo lleva al fondo de uno mismo, desorientado.

Mi estrella es la que marca firme mis pasos en mi tiempo sin relojes.

Sobre ella escribo otro día.

Por ahora, aquí la pueden ver.